Soy Penumbro

Entreabriendo el closet

Elevándola

El fin de año y el nuevo comienzo me regalaron experiencias nuevas.
Luego de meses de monótona soledad, rutina y cierta costumbre a la tristeza; en las últimas semanas me la pasé vibrando. La vida me regaló la posibilidad de sentir emociones fuertes de esas que llenan el corazón y recargan de sentido la vida. Todas tuvieron tres características en común: se trataron de encuentros con otros, de contactar con los sentimientos y de “elevarnos”.

La primera experiencia tuvo que ver con un abrazo con un amigo, con un te quiero mucho sin decirlo, con estar con el otro y ser feliz con la felicidad de otro.
Un amigo con larga historia, amistad de esas plagadas de anécdotas y que también supo de desencuentros, distancias intercaladas con intimidad del alma. Amigo mayúsculo, de esos que uno cuenta con una sola mano y entran en el selecto grupo de los “mejores amigos”. Relación de esas en que uno se siente obligado a ser mejor persona y en la que uno se nutre del otro.

A ese amigo pude acompañarlo en el último año a vivir una de las experiencias de crecimiento más grandes de las que fui testigo, que lo obligó a cambiarse de trabajo y a mudarse a miles de km de distancia. Y en ese trayecto, por cosa bien fortuita, pero que uno se convence está escrita en algún lado, conocer el amor de su vida y ahora poder casarse. Ese amigo que hoy reboza de felicidad, y reboza tanto que me nutre a mi. Pocas veces me había pasado de sentirme tan feliz con la felicidad de otro. De llorar de alegría viendo la plenitud que le toca vivir.
Eso logró elevarme, sacarme y latir con los latidos del corazón del otro. Milagro altruista, magia de la vida.

La segunda experiencia tiene que ver con algo parecido al amor, o mejor dicho al enamoramiento, a la atracción que trasciende lo meramente físico y toca la intimidad de la persona. Y que, aunque pende del fino hilo de la correspondencia, y en este caso no me suena muy correspondido, la sola experiencia vale la pena.
Vibrar por otro te quiebra por dentro, te obliga a soñar y a latir, toca toda tu persona, genera emociones fuertes. Y ¡qué bien se siente cuando a uno le pasa!
Con el muchacho en cuestión salimos, nos conocimos y en mi caso la empatía me desbordó.
Quería seguir avanzando pero no sabía como y los silencios que siguieron me demostraron que no había espacio para seguir caminando. Me sentí como esas adolescentes de los 80, sentado junto al teléfono esperando que suene y que sea Él. No sonó y el único mensaje que temía llegó.
Pero aún así, mezclado con la tristeza y la desilusión, la experiencia me regaló la posibilidad de latir por otro. Avancé todo lo que pude, caminé, insistí, me dejé sentir y, quizás lo mejor, me sentí con la capacidad de hacerlo.
El amor, aunque no correspondido, es otra de esas cosas que nos eleva y en mi caso me llena de esperanza. Quizás no sea este el afortunado, pero los seguiré buscando ya que está ahí afuera y también Él me está buscando.

Son esas cosas que nos elevan, que nos inflan el corazón y nos regalan sentido para vivir la vida. Termino el año regalado, elevado. Comienzo con esa preciosa sensación de necesitar caminar hacia la cima. De escalar. Ya pasé demasiado tiempo dando vueltas por la chata llanura, tirado o cavándome mis propios pozos oscuros.
Es hora de mirar para arriba, elegir puntos altos y correr riesgos. Me sé capaz de soportar caídas, nada me detiene.
Es que cuando uno roza la altura, el corazón comienza a latir a otro ritmo y ya nada puede evitar desear que el alma busque el cielo.

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Extra: mi banda de sonido para este post

 

 

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This entry was posted on January 3, 2013 by .
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