Soy Penumbro

Entreabriendo el closet

Un gay en la Iglesia

Parece que hay un conflicto fuerte entre ser gay con creer en Dios y sentirse parte de la Iglesia. Mi historia personal dice todo lo contrario.
 
Por formación y por experiencia siempre me he sentido muy cerca de Dios. Es que la gracia de la fe es un don q no discrimina y en mi vida ha sido una experiencia que ante todo me ha permitido vivir mi identidad sexual desde una mirada que reconcilia, acoge y abraza. Ese Dios que es amor y “padre” bastante lejos está de la culpa o la represión (por más que algunos discursos de “autoridades” eclesiales lleven a esa lectura). Una verdadera experiencia del Dios de la misericordia que la fe me ha permitido experimentar libera e integra todas las dimensiones de la persona, incluidas la sexual y afectiva que ante todo están llamadas a ser espacios de felicidad y plenitud. La afirmación de que Dios es amor, es absoluta. Dios me ama tal cual soy y el amor que puedo experimentar hacia otro hombre no puede estar alejado de lo que me invita a vivir.
 
Otro punto más complejo es quizás la realidad de la Iglesia, que muchas veces en el discurso elaborado desde ciertos sectores de mayor exposición desvirtúa la experiencia que muchos podemos tener.
Pero algunas aclaraciones previas: la Iglesia es ante todo diversa, es cuerpo que integramos muchos y es “mesa” en la que todos estamos invitados a compartir. Desde el más formal de los obispos, hasta el simple sacristán que cuida la puerta de un templo, todos somos parte de lo mismo, todos somos iguales, todos somos hijos de Dios, todos somos Iglesia. 
 
Y si, la iglesia también está llena de mediocridades, de errores, de profundos dolores. Están los curas pedófilos, están los corruptos cardenales, están los que lucran con la fe de inocentes que confían, están monjas veteranas con discursos retrógrados, laicos burgueses que usan su ida a misa dominical para limpiarse de culpas o aquellos incoherentes que en su trabajo explotan empleados y luego hablan del amor a la Virgen. Pero eso no puede desacreditar tantos otros que tanto bien hacen a la humanidad. No seamos injustos cuando criticamos a la Iglesia.
 
Muchos caemos en una inmadura postura combativa. Condenarla generalizando errores es injusto. Mirar solamente las equivocadas posturas sobre las relaciones homosexuales o los divorciados vueltos a casar, las dolorosas situaciones de pedofilia o el oro del Vaticano; es olvidarse de los miles de hombres y mujeres, religiosos y laicos comprometidos con la realidad. Es dejar de mirar las monjas en hospitales, los curas en colegios de zonas marginales, es olvidarse de tantos santos contemporáneos que dan su vida por la lucha por la justicia en todos los niveles. 
 
Es bien cierto que durante siglos la Iglesia se ha dedicado a educar desde una fragmentada mirada de la sexualidad y del cuerpo. Mucho daño sigue haciendo desde ahí. Pero estoy convencido de que la propia Iglesia está llamada a convertirse en este sentido y que más tarde o más temprano la jerarquía eclesial va a revisar su mirada sobre la sexualidad en general y sobre las relaciones homosexuales en particular, acercándose seguramente a una mirada compasiva de todas las distintas realidades, integradora y misericordiosa con la diversidad.
Y es que ante todo mi experiencia personal ha sido la que una Iglesia que conociendo mi identidad me recibió como uno más. Manteniendo sus invitaciones a vivir de determinada manera la sexualidad, pero consciente de que las invitaciones no son más que eso, posibles caminos de felicidad que uno elige o no vivir en función de su realidad, contexto y, sobre todo, conciencia personal.
Ahí se juega el partido de fondo y ahí, en el vínculo íntimo con Dios, uno termina de hacer propia o no las invitaciones de la doctrina de la Iglesia.
 
Doloroso es ver una parte de la Iglesia que hoy “milita” en contra de los derechos de los homosexuales de vivir su vida afectiva como quieren, de casarse y de sentirse iguales en la figura “civil” del matrimonio. Doloroso porque implica no respetar el derecho de quienes no comulgan con “la Iglesia”, doloroso porque generaliza una postura que no es la mía ni la que he vivido como parte de la Iglesia, y sobre todo, doloroso porque significa ir a contramano de la necesidad de explicitar y socializar la experiencia de amor que muchos homosexuales tenemos la posibilidad de sentir.
 
Es que si hay algo que me ha quedado claro de mi experiencia de Dios y de mi ser parte de la Iglesia, es la invitación a “vivir en el amor”. Una llamada tan universal y abarcadora que no discrimina, culpabiliza o juzga orientaciones sexuales. El amor compartido entre dos personas, como camino de realización personal, es tan legítimo y está tan unido a mi identidad cristiana, que no puedo más que reafirmar mi ser gay en la iglesia.

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This entry was posted on March 30, 2013 by .
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