Soy Penumbro

Entreabriendo el closet

Diciembre de lecciones

Diciembre es el mes en que cerramos el año, y también revisamos lo vivido. Miramos para atrás para reconocer los aprendizajes que nos permitan proyectar un nuevo año con la sabiduría de lo que pasó.

Este fue un año de revolución en los afectos. Vivir a pleno mi sexualidad me obligó a exponerme al encuentro. Fue una etapa de enamoramiento, del dolor por la falta de correspondencia, de nuevas amistades, de encuentros casuales, de primeras citas… Fue este año tiempo de madurar, de romper la inocencia de relaciones ideales. De conocerme manejando desde mis sentimientos a mi cuerpo en la cama. Aprendí de seducción, de ese encanto que uno genera cuando está con otro. Aprendí a leer signos, a reconocer mentiras verdaderas en esa danza de deseos.

Me enfrenté a mi necesidad de esta con alguien y sentirme deseado y deseando. De saber que uno se mueve guiado muchas veces por la necesidad más íntima de ser feliz o de buscar la sensación de felicidad y que eso, con otro, se puede lograr. Y que también, uno muchas veces se mueve desde las entrañas, guiado por el apetito y el deseo más sexual. Consciente de que liberar eso también forma parte de lo que uno es, sin ningún prejuicio. Y por último muchas veces uno se maneja buscando a alguien escapando de la soledad, y tapa la sensación de angustia como puede.

Mentalmente estos días hice un listado de los hombres de mi año. Fue muy fuerte reconocer que de los hombres con los que intimé en mi vida, la mayor parte fueron este año. Fueron relaciones que duraron mucho o poco, que significaron más o menos. Paradójico fue que en las que me involucré y tuve una expectativa no logre correspondencia y en las que generé algo en el otro no me provocaron deseos de seguir profundizando. Generé vínculos, conocí gente y aprendí a estar con otros dejando que la cosa fluya. Me arriesgué al encuentro, le perdí miedo al rechazo, conviví con la indiferencia del otro y vi que podía sobrevivir a eso pese a que aún me siento vulnerable.

Tuve una etapa inicial de búsqueda frenética y desesperada, cuasi compulsiva. Aprendí a dominar mi ansiedad y a saber que desde ahí nada bueno podía encontrar. Comprendí la diferencia entre “buscar” y “dejarse encontrar” y me obligué a relajarme dejando que la cosa fluya con un poquito más de naturalidad, intentando que la cabeza domine menos que la entraña y el corazón.

Reconocí que el vínculo de amistad es una riqueza invaluable que permite encontrar compañeros de camino en esta compleja trama. Que la complicidad en la búsqueda es necesaria, sana heridas, fortalece en la debilidad y anima para seguir perseverando.

Y en todo esto, una lección más. Somos valiosos, muy valiosos. Está claro que exponernos a otros nos vuelve vulnerables y necesitados de esa preciosa experiencia del amor correspondido, pero tenemos que lograr la madurez de saber que nuestra autoestima no puede depender del reconocimiento ajeno. Quizas no hemos encontrado la persona correcta, que nos parta la cabeza, que nos deslumbre con su mirada y que suceda ese milagro de saber que al otro le pasa lo mismo. Mientras tanto, sabernos valiosos y recorrer el camino con el orgullo de lo que somos, dejando que la vida nos sorprenda en el encuentro con otros.

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This entry was posted on December 31, 2013 by .
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